Entrevista a Cristóbal Bellolio: “La asamblea constituyente no debería ser una competencia de ofertones, sino de visiones de mundo”

Para el Doctor en Filosofía Política y profesor de la UAI, en el proceso de cambio constitucional la discusión sobre el mecanismo es más relevante que la del contenido: a su juicio, un proceso imparcial con garantías de participación igualitaria permitiría enfrentar la falta de legitimidad del texto actual.

Pese a haber estado durante varios años cursando sus estudios de Doctorado en Filosofía Política en London University College, Cristóbal Bellolio, académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, se ha mantenido presente en el debate local a través de libros publicados, columnas de opinión, entrevistas en medios y una activa cuenta de Twitter. Ya de regreso en Chile, algunos días antes de las elecciones del 19 de noviembre, el autor de títulos como Pinochet, Lagos y Nosotros: Ensayos sobre la Cuestión Constituyente (Debate, 2015) y Renovación & Reemplazo: Por qué el recambio político es urgente en Chile (Ariel, 2013) conversó en entrevista con Javiera Parada del Observatorio del Proceso Constituyente en Chile y planteó que el momento constitucional de hoy como “un lujo que nuestros padres no tuvieron”.

El académico se pregunta al respecto “¿Cómo no va a ser una oportunidad, entre estos nuevos grupos, incluyendo en este caso a la nueva derecha, mirarse a los ojos y decirse ‘bueno, construyamos juntos las reglas del país en el que nos va a tocar vivir a nosotros y a nuestros hijos’?”. “Todavía estamos a tiempo. Es a nosotros los que nos va a tocar vivir prácticamente toda nuestra vida bajo el ordenamiento que acordemos. Y es una muy buena oportunidad para renovar las estructuras políticas de Chile”, agrega.

—¿En qué sentido el proceso constituyente puede servir para hacerse cargo de la crisis de legitimidad política, desconfianza en las instituciones y desafección ciudadana?

Eso es una apuesta. Porque a diferencia de otros, particularmente en la izquierda –y con esto particularmente me refiero a algunos discursos como los de Garretón y otros que creen que la Constitución tiene propiedades mágicas–, yo creo que eso es ridículo. La Constitución no hace mejores a las personas ni necesariamente reestablece vínculos de confianza entre representantes y representados.

Lo que sí me parecía a mí importante era que, particularmente los nuevos referentes políticos fueran capaces de plantear un modelo político distinto al que heredaron y que viene contaminado. Esa oportunidad constitucional podría haber dado paso, como una especie de anexo, a un acuerdo político que quizás tuviera que ver con amistad cívica, ciertas confianzas extra ideológicas. Yo tengo la impresión, puedo estar equivocado, de que hoy día Giorgio Jackson y Jaime Bellolio no se quieren matar. Creo que Camila Vallejo y Felipe Kast no se quieren matar. Pueden tener legítimas diferencias ideológicas. Tengo la impresión de que un país construido en un marco de amistad cívica, como uno esperaría que tuviéramos, dentro de todas las legítimas diferencias, podría permear a la legitimidad de las instituciones. Pero insisto, es una apuesta. Podría no pasar. Podrían darse otros efectos beneficiosos como una Constitución legítima, hecha con principio de imparcialidad, donde todos tuvieron derecho a decir lo que opinaban (…). Podría darse un momento en el que vuelves a conectarte con la política como el supremo arte de construir el mundo entre todos, esa conversación entre iguales y eso yo creo que lo permitía un momento constitucional vía asamblea constituyente. Eso no te lo permite un momento constitucional vía parlamento si lo que están adentro ya están pringados.

¿Crees que esta nueva Constitución sería algo así como un árbol de pascua lleno de derechos sociales económicamente insostenibles?

Yo no puedo de antemano decir que la Constitución va a ser minimalista, porque que la Constitución sea minimalista es algo que yo voy a proponer una vez que estemos jugando el partido. Así como voy a proponer otras posiciones sustantivas, por ejemplo “el Gobierno no va a poder cerrar canales de TV porque le molestó lo que dicen” mientras otros van a querer poner “no, el Gobierno si tiene derecho a cerrar canales de TV…”. Bueno, vamos a tener esa discusión al fragor de la asamblea constituyente misma, una vez que estemos jugando el partido y eso es normal.

Ahora, si me preguntas a mí, yo creo que es una pésima idea tener una Constitución árbol de Navidad. Por dos razones. Primero, porque no tiene efectividad. ¿Qué saco con garantizar el derecho a la felicidad o el derecho al buen sexo? ¿Cómo diablos lo fiscalizo? ¿Con recurso de protección? — se ríe —. Por otro lado, creo que es frustrante tener una Constitución que es letra muerta. “Pero ¿cómo, mira, si mi Constitución lo dice?”. Puede sobreexigir, también, al Estado a cosas que finalmente no se la pueda, no tengamos la capacidad estructural ni institucional para responder a todas las promesas que se hacen dentro de la Constitución.

Pero pensar como yo pienso no es un prerrequisito para participar de la asamblea constituyente. Si hay alguien que cree que la Constitución debe tener todos los derechos sociales, aunque sean los más líricos del mundo, bueno, también tiene derecho a participar de la conversación. Mi responsabilidad es ganarle adentro.

¿Crees que la asamblea constituyente conlleva el peligro del populismo?

Por un lado… sí, en el sentido de que tú te vas a ver tentado efectivamente, para decirle al electorado que vas a constitucionalizar, subirle el rango, a todas sus demandas. Esa puede ser una tentación. Pero si entendemos bien cuál es la conversación constitucional –y esto puede ser un acto de fe de mi parte– esto no debería ser una competencia de ofertones, sino de visiones de mundo. Debería ser una contienda legítimamente ideológica. No estoy diciendo necesariamente que todos los delegados tengan que ser abogados con títulos en teoría política, pero no me estoy imaginando a caudillos locales que prometen pavimentar las calles o cerrar los bares o darte el permiso aquí o allá o construirte el hospital aquí o allá. Si los delegados hacen campaña en torno a eso, entonces no estamos entendiendo nada de qué se trata la discusión. Por eso mi acto de fe es creer que los actores políticos van a estar a la altura de entender que esta es una discusión constituyente y las discusiones constituyentes son sobre las bases estructurales de cómo se organiza tu sistema político. Y creo que en muchas de esas discusiones el riesgo de populismo es menor. Son discusiones que requieren cierta densidad. Y hay gente que cuando yo digo esto, me critican, “ah, entonces tú quieres una asamblea de elite”. Bueno, en cierto sentido no me avergüenza de que ciertas de estas discusiones sean, no de elite económica, sino de una elite intelectual. Y tiene sentido. Una elite intelectual que venga de sectores populares, del mundo de la cultura, del mundo de la economía, del mundo de la política más tradicional, del mundo universitario. Por supuesto que los 100, 200 tipos que estén ahí van a ser una elite, tienen que ser una elite intelectual, si están haciendo la Constitución que va a gobernar Chile los próximos 200 años. Desde ese punto de vista, sí, yo espero una Constitución elitista. Hay muchas discusiones en el parlamento que no se entienden si es que tú no sigues los proyectos de Ley. Entonces, no estoy diciendo nada del otro mundo.

Tiendo a creer que cuando las discusiones entran en esa sintonía más fina, el riesgo de populismo se difumina un poco.  Pero insisto, es un acto de fe que los actores políticos entiendan que ese es el tono. Puede que la UDI cuando promueva a sus candidatos, los promueva como productos de supermercado igual. Pero espero que no sea así.

¿Desde el punto de vista liberal tú tienes alguna preocupación con la AC como mecanismo?

Si las reglas son justas, en el sentido del acceso a la asamblea. En eso me parece que la democracia proporcional entrega una serie de garantías para decir que los que están ahí tienen que estar ahí. Que si los funcionamientos de la asamblea, también, se estructuran de acuerdo con ciertas garantías de participación para todos y que, por ejemplo, no se le pase máquina a la minoría. Si es que existen ciertos acuerdos respecto a derechos humanos inviolables, ponte tú, garantizados en tratados internacionales, y todos se ponen de acuerdo de que eso no se toca y de ahí partimos. Si se dan esas condiciones, yo confío en la razonabilidad del resultado, aunque lo salga no me llene el gusto. De hecho, sospecharía de una Constitución que es exactamente escrita según mis preferencias ideológicas. Algo no habría salido bien. Yo tengo que ceder en algo, para que yo diga “ah, esto realmente fue el trabajo de todos”. Bajo esas condiciones yo no le tengo miedo a la asamblea constituyente.

La derecha ha insistido en que aquí lo importantes es la discusión sobre los contenidos y que la discusión sobre el mecanismo es secundaria. ¿Por qué es importante el problema sobre el mecanismo? ¿Es prioritario o puede desarrollarse simultáneamente a la discusión sobre contenido?

Quizás la derecha ha ignorado las invitaciones que se han hecho a discutir un procedimiento que entregue garantías de participación igualitaria y ha querido concentrarse sobre la discusión de los contenidos, justamente para hacer explícitos sus miedos. Justamente para decir “Ya, pero ¿qué quieren cambiar?; ya, pero ¿cuánto me vas a ganar? ¿Cuántos goles me vas a meter?”. Creo que quizás es incluso una estrategia.

Yo sí creo que la discusión sobre el procedimiento es más importante que la de los contenidos. Y El déficit de nuestro orden constitucional es de legitimidad y lo que necesitamos es un acuerdo, lo más amplio posible, para tener un pacto político que cuente con la mayor legitimidad posible. Esa es la necesidad que tenemos. El resultado de ese acuerdo no es determinante. No estoy diciendo que el contenido no sea importante. Estoy diciendo que la única manera que tenemos de que todos estemos de acuerdo es si construimos esta conversación desde una perspectiva de imparcialidad. Como los chilenos no piensan igual respecto a los contenidos de la Constitución, la única manera que tengo de que el resultado sea justo, es que haya sido obtenido con condiciones imparciales. Por eso el procedimiento es fundamental. Me ha costado muchas críticas, pero yo he dicho que, si el contenido de la Constitución nueva vía asamblea constituyente resulta exactamente igual, coma por coma, al texto actual, yo me lo banco. Sé que hay grupos de la izquierda que creen que no, que no tiene ningún sentido. Yo creo que se cumple el fundamental. Yo, por lo menos como liberal, me caso con la idea de la justicia como imparcialidad procedimental, más que con la del contenido. Una vez que yo esté adentro de la asamblea, por supuesto que voy a dejar mi parada aséptica procedimental y voy a defender mis causas sustantivas y voy a pedir que en la Constitución esté establecido un artículo sobre la separación Estado–Iglesia y voy a pedir que haya un artículo que defienda la libertad de expresión y uno que se haga cargo del cambio climático. Pero si las pierdo, no voy a patear el tablero. Porque perdí en buena lid.